Amada Granado / Penitenciario
Editorial III. Muestra de videos
El Quinquenio
El Cerco / Ana María Mazzei
Art, Report / David Palacios
“Editorial II. Muestra de videos”
Ciudades de arriba / Iván Amaya
“Ciudades de arriba”: antro-topo-grafía del (pais)aje
“Ciudades de arriba” representa la primera muestra individual del joven creador Iván Amaya (1968). Asimismo, implica la primera entrega de un trabajo de investigación cuyo proceso inicia en el año 2002 y continúa hasta el presente. Los territorios populares urbanos y específicamente la vivienda (in)formal, el rancho popular, se convierte en el eje que aglutina esta serie de imágenes, que sirven de referentes para dirigir la mirada hacia los dilemas éticos y estéticos implícitos en la construcción y representación (visual) de los asentamientos y viviendas populares, en las denominadas invasiones caraqueñas, es decir: en la movilidad práctica de los pobladores de su territorio. Así, Amaya genera una inscripción visual que se erige en la historia del barrio tomando como vértice de la narración visual la vivienda popular en su condición embrionaria: el rancho.
Indudablemente este trabajo se nutre de la perspectiva conceptual impuesta por el creador Claudio Perna (1938-1997), una brecha que dentro del arte contemporáneo inaugura una mirada renovada y problemática en relación al tópico del pais(aje): su dimensión territorial, su naturaleza (demo)gráfica, sus pretensiones prosopográficas (biografías colectivas). Entonces, resulta vital circunscribirnos —como un antecedente significativo— al trabajo realizado por Carlos Germán Rojas (1953), que contó con la participación de Claudio Perna, para registrar la cotidianidad de los habitantes de “La Ceibita” (El Valle, Caracas, 1976-1983). “Ciudades de arriba” se inscribe en el marco conceptual de esta investigación (La Ceibita) pero la traslada a la dimensión estética que propicia el rancho como creación contemporánea. Allí, entonces, su dimensión ética, su pertinencia contextual, su carácter integrador, analítico y experimental. Este gesto supone problematizar desde la imagen visual, los dicotómicos compartimentos estancos, pensamientos que dividen la ciudad espacialmente en centros y márgenes; así como temporalmente en ciudad formal (moderna) y ciudad informal (no-moderna).
En el contexto del trabajo “Ciudades de arriba” queda claro —al menos como interrogante que incita a la indagación visual— que en el ámbito de los territorios populares urbanos hay implícita una modernidad paralela, diversa, distinta, alternativa, que recupera residuos, restos de otros modos de modernidad, para su resematización práctica y simbólica: hacer desde el lugar supone habitarlo, este es el registro que sugiere Iván Amaya a partir de sus indagaciones fotográficas.
No pretende idealizar el territorio, tampoco lo popular desde una visión esteticista; por el contrario, su trabajo se circunscribe a registrar en su devenir agónico y contingente la casa como modo de habitar dialécticamente el territorio: antro-topo-grafía del (pais)aje. Entonces la casa se erige en la inscripción del modo de habitar y hacer el territorio, de existir (vivir) habitándolo, haciéndolo: habitar (hacer) la casa; habitar (hacer) la ciudad; habitar (hacer) el (pais)aje.
En el marco de esta dimensión agónica sobre el territorio; en el contexto de este deseo de vivienda, de ciudad y, por tanto, de ciudadanía; el trabajo de Iván Amaya desarrolla un inventario visual cuya dignidad reside en hacer de la creación del rancho un gesto identitario, un registro documental de nuestro anhelo contingente de modernidad (otro modo de modernidad, claro está), que hace explícita la carencia cierta de un orden político (y ético) que permita fortalecer el tejido social; así como, construir la(s) casa(s) deseadas, habitar la(s) ciudad(es) deseadas, construir la(s) ciudadanía(s) deseadas, aquella(s) que corresponde(n) a todos los ciudadanos.
Suwon Lee. Paraíso Artificial / Por Gerardo Zavarce
Las descripciones iniciales del nuevo mundo realizadas por Cristóbal Colón dibujan el paisaje de una naturaleza abundante y cornucopia, así lo deja plasmado el navegante europeo a través de sus Diarios de viaje: 12 de octubre de 1492: Puestos en tierra vieron árboles muy verdes y aguas muchas y frutas de diversas maneras. La diversidad del paisaje natural representaba, a los ojos de los viajeros, un claro indicio que éstos se hallaban frente a un escenario de los tiempos adánicos, la edad de oro, el paraíso perdido. Así, en su tercer viaje, ante la magnitud del caudal y raudal de lo que hoy es el río Orinoco, Colón creyó estar próximo al paraíso: Grandes indicios son estos del Paraíso Terrenal, porque el sitio es conforme a la opinión de estos santos e sanos teólogos y asimismo las señales son muy conformes, que yo jamás leí ni oí que tanta cantidad de agua dulce fuese así adentro e vecina con la salada; y en ello asimismo la suavísima temperancia. Y si de allí del Paraíso no sale, parece aun mayor maravilla, porque no creo que se sepa en el mundo de río tan grande y tan fondo. Resulta innegable que para la mentalidad del navegante genovés, el nuevo paisaje natural guardaba similitud a lo que describe el antiguo testamento sobre el Edén: Y plantó Jehovah Dios un jardín en Edén, en el oriente, y puso allí al hombre que había formado. Jehovah Dios hizo brotar de la tierra toda clase de árboles atractivos a la vista y buenos para comer; también en medio del jardín, el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal. Un río salía de Edén para regar el jardín, y de allí se dividía en cuatro brazos. El nombre del primero era Pisón. Este rodeaba toda la tierra de Havila, donde hay oro. Y el oro de aquella tierra es bueno. También hay allí ámbar y ónice. Entonces, así quedó concebida —imaginada— nuestra geografía como una: “Tierra de Gracia”, no fuimos el nuevo mundo, sino el viaje de retorno, la ida al pasado, a fin de cuentas el paraíso siempre ha sido un artificio, una imagen especular, un deseo, un paisaje idealizado, representado y habitado, para contener lo humano a imagen y semejanza de lo divino, pero —paradójicamente—: expulsado, desterrado, abandonado del amparo del ser, entregado al devenir permanente. La expulsión del paraíso se convierte, de esta manera, en acto fundacional del viaje como empresa inicial de la modernidad; asimismo, el retorno, se convierte en el reverso sensible del este gesto iniciático, desde la Ilíada de Homero, o Las mil y una noche, no existe viaje sin deseo de retorno. Así, podemos concluir que todo paraíso es una invención, una proyección, una utopía para hacer del futuro vivo e incierto un pasado tranquilo e inanimado.
Las imágenes de Suwon Lee que integran la muestra “Paraíso artificial” hablan de este deseo que convierte el paisaje natural y urbano en escenario prodigioso, fantástico y simultáneamente frágil, endeble. Devela las costuras de nuestras pulsiones modernas: formales, populares, globalizadas, localizadas, masificadas, serializadas, capaces de erigir a Moisés portando las tablas de la ley, haciendo posible el milagro de abrir las aguas del mar rojo para conducirnos de la oscuridad de la esclavitud hasta la tierra prometida: nuestro paraíso artificial, nuestra imagen de república postal, nuestro paisaje mesiánico del siglo XXI. Paraíso artificial muestra nuestros oasis múltiples, estacionamiento paradisíaco de la fantasía petrolera de gasolina barata y rustiqueo 4 x 4, milenarismo vacacional con música a todo volumen y la ilusión de probar el pan sin el sudor de la frente. Todo paraíso es un artificio, el nuestro se erige en la evocación inacabada del Tal Majal como confluencia descontextualizada, entre las indias occidentales y su homónima del oriente medio. Igualmente, se hacen presentes las imágenes de los monumentos del antiguo Egipto, nada asombra sobre estos vestigios estáticos y chapuceros, exotismos de la periferia, orientalismo caribeño, nuestra tierra de gracia también es conocida como la Venezuela saudita y nuestro impulso moderno emprende regularmente su viaje retornando al pasado, lo nuestro es el retorno como ideal de futuro: acaso hay diferencia entre Tutankamón, que se exhibe en el Sambil, y la necrofilia como espectáculo propia de la exhumación de los restos de Bolívar, definámoslo sin complejo, nuestra modernidad desde Guzmán Blanco se caracteriza por residir en los estilos de la mampostería, no en la estructura que la sostiene. Entonces, “Paraíso artificial”, registra la mampostería, muestra nuestro bestiario de Tiranosaurio Rex propio de Jurassic Park; Oso polar propio de cerveza polar; ballena orca propia de liberen a Willie o de Orca la ballena asesina, nuestro paraíso está habitado por la fantasía inspirada en ser otra cosas, sucumbimos al síndrome de Michael Jackson, querer ser distinto al verdadero ser, o realmente somos la pretensión de ser otra cosa, siempre. Así, borramos nuestra memoria, yuxtaponemos nuestros paisajes, cada renovación urbana pretende borrar el pasado; total, el pasado no importa, la memoria no importa, la historia no importa. Nuestra proyección es regresar al paraíso perdido, retornar al jardín del Edén, para nosotros la memoria es la posibilidad de construir un paraíso artificial, emprender el viaje definitivo a la tierra de gracia que vieron los ojos de Colón y que agónicamente registra en su contingencia contemporánea las imágenes de Suwon Lee.
Un recorrido por Sabana Grande con Suwon Lee (nota)
Desde Caracas, ciudad aborrecida y deseada, el paraíso se vislumbra como una quimera imposible, sin lugar. No parece que en esta urbe de vértigo haya existido alguna vez un pedazo de aquella socorrida “tierra de gracia” que avistó Colón.
Irónicamente, las expectativas del país promisorio hunden sus raíces en el territorio yermo de una naturaleza perdida, tal como sucede por ejemplo en el Boulevard de Sabana Grande, uno de los núcleos más concurridos del Distrito Capital. En algunos tramos quedan aún las reminiscencias nominales a las plantas endémicas del lugar: apamates, jabillos, mangos y acacias hoy inexistentes dan nombre a varias calles y avenidas transversales. En vez de la llanura alfombrada por la vegetación silvestre, lo que está es un potrero de adoquines por donde circulan diariamente manadas de transeúntes. En lugar del jardín edénico, lo que hay es un infierno asfaltado (si cabe la paráfrasis al título del libro rubricado en 1963 por Adriano González León y Daniel González) donde crecen los signos edificados –torres, postes, comercios- de un porvenir que nunca llega. Del resto, hay que conformarse con el fulgor extinto de los letreros de antaño, las vidrieras salpicadas de polvo y los vestigios estructurales de la economía informal.
Suwon Lee recoge las paradojas y sinuosidades que configuran nuestro imaginario urbano en sendos libros enrollados, impresos digitalmente sobre papel de algodón, en cada uno de los cuales plantea un recorrido bidireccional por el Boulevard de Sabana Grande a partir de fotografías realizadas en 2007, momento en que acontece el desalojo de los comerciantes callejeros y el inicio de la rehabilitación de la zona. Con la delicadeza perceptiva que caracteriza su trabajo y con la ayuda de un ingenioso dispositivo diseñado para que las imágenes “rueden” ante la mirada del espectador, la artista ofrece un testimonio exhaustivo y multifocal del cambio fisionómico sufrido por este importante segmento de la ciudad. Al mismo tiempo, Lee logra captar ese combate, aún inacabado, entre la ruina y el esplendor, entre la pulsión destructiva y el orden recuperado, cuyo sustrato se sostiene en las figuras modélicas del “paraíso perdido” y la “ciudad ideal “.
Teresa Mulet. Cada-ver- es. Cada-vez-más
Nadie sabe realmente cuántos son, pero se siguen multiplicando hasta que sus cuerpos se convierten en figuras recortadas contra el asfalto o en bultos inertes identificados con una cifra. Hay tantos que en vez de nombrarlos se los cuenta porque cada uno de ellos es un vacío estadísticamente mensurable. A este lo “enfrió” una bala perdida cuando miraba la televisión, al otro lo acribillaron unos desconocidos que se dieron a la fuga –dicen que por venganza-, al de allá lo encontraron tendido en el suelo con el morral del colegio y sin zapatos. Los presentes no vieron ni escucharon nada. Tampoco hay quién explique la causa de tanto deceso inútil: las autoridades están recolectando evidencias y estableciendo el móvil de los hechos. Entre tanto, el luto acompaña a los deudos y los expedientes se acumulan en los tribunales.
Cada-ver- es. Cada-vez-más, instalación gráfica de Teresa Mulet, establece un paralelo metafórico entre la reproductibilidad mecánica de la imagen y el incremento de la criminalidad en el país. La serie, compuesta por cincuenta copias impresas sobre plástico negro, comienza con una silueta blanca que recrea la forma en que se delinea el levantamiento de un cadáver en las investigaciones policiales; sólo que aquí la imagen pende invertida en vez de mostrarse como un cuerpo yacente. Dicha matriz, se repite en los planos sucesivos hasta que los contornos se borran y la figura se diluye como una tachadura sobre el soporte; acaso una declinación forense del suprematismo malevichiano o quizás la resurrección post-informal de la necrofilia ballenera.
Formada como diseñadora, Mulet hace un paréntesis en su investigación tipográfica para abordar lo que considera una urgencia cívica. La imagen corporal, recurso inédito en su trabajo precedente, adquiere un protagonismo rotundo en el cartel de gran formato, aunque la completa resolución de la propuesta trasciende el plano para arraigarse en el espacio. A partir de esta estrategia, la artista sugiere la progresión exponencial de los decesos por homicidio a través del recorrido, razón por la cual los elementos que componen la obra no están contra la pared sino incorporados a una estructura tridimensional donde el cartel recupera su dimensión objetual. En definitiva, la idea es ir del negro al blanco (o a la inversa), como quien transita del purgatorio a la región velada en que habitan los ángeles.
En Venezuela, los impresos efímeros de carácter contestatario han perdido la fuerza de antaño, siendo reemplazados por medios más económicos e inmediatos como el graffiti y el stencil, a los que se suman el uso propagandístico y publicitario de los plotters. En medio de este panorama, Cada-ver- es. Cada-vez-más constituye un manifiesto visual que retoma la función del cartel como vehículo crítico o de denuncia pública.
Mulet propone una vuelta a los medios de impresión semiartesanales, donde el proceso y las exigencias de la materia adquieren una gran importancia. Ese retorno, al rodillo, el frotado y la tinta es un ritual que emula simbólicamente los padecimientos y esfuerzos de “levantar un cadáver” en la escena del crimen. Pero, así como cada persona fallecida es distinta en su fisionomía e historia, cada una de las copias que conforman la serie es diferente y, por tanto, única. De esta manera, imprimir una y otra vez sobre cada pliego de plástico equivale a grabar sobre este un nuevo obituario, como si la gráfica fuera un epitafio y el soporte una lápida.








